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fútbol

El autogol que más grité

Aquél domingo desperté más temprano de lo normal. 

Un par de inviernos antes, Tigres estaba en el fondo de la porcentual. 

Los aficionados volteábamos al cielo, implorándole a Dios que nos rescatara de una vez por todas de las garras de esos directivos que tanto daño le estaban haciendo al equipo.

Pero a Dios mucho no le gusta el fútbol. O no le gustábamos nosotros, mejor dicho. Y no solo no nos sacó de en medio a esos hombres de pantalón largo, diminutas ideas y nula vergüenza, sino que de paso le regaló cosas importantes a los de blanco con azul.

Pero para aquél domingo las cosas pintaban distinto.

Seis meses antes sumamos una cantidad estupenda de puntos, lo cual nos permitió más que un respiro en el cociente.

Recién la semana pasada superamos los cuartos de final (tras seis años sin meternos a la semifinal), y estábamos virtualmente instalados en la final del fútbol mexicano.

En el duelo de ida, empatamos sin goles en la corregidora, ante los Gallos blancos de Querétaro. Y lo mejor no era el marcador en sí, sino que daba la sensación de que los entonces dirigidos por José Saturnino Cardozo habían desplegado ya su mejor fútbol y aún así no lograron derrotarnos.

Para la vuelta, sin embargo, Dios tenía pensado un capítulo bastante raro.

A los cinco minutos de comenzado el encuentro, Damián Álvarez intentó desbordar por izquierda pero terminó sirviendo para Héctor Mancilla. Al chileno le correspondía recibir los centros, pero aquella noche le tocó servir.

Danilinho conectó de volea con la pierna derecha y la pelota puso a temblar las redes por la parte de afuera.

Lo raro ocurrió después…

Minuto cuarenta y tres de la primera mitad. Liborio Sánchez despeja largo, mas uno de los nuestros intercepta en el medio campo. La pelota le cae a Héctor Mancilla, quien rápido sirve para Damián Álvarez en una jugada que se le parece mucho a la del minuto cinco. 

El enano desborda bien y llega a linea final. Manda centro sin darse cuenta de que nadie espera su ofrenda… o ningún amarillo, mejor dicho, pero no importa. 

López Mondragón conecta de cabeza y nos pone arriba en el marcador.

Aquél gol lo grité sin importar lo absurdo que resultó todo. Porque al visitante no lo inquietaba nadie. Pudo bajar de primera y matar de segunda; despejar o salir jugando, pero no fue así. 

Desde arriba estaba dicho que aquél invierno sería de Tigres, que el Apertura 2011 sería el inicio de una década de oro para un equipo que lo sufrió todo.

En el segundo tiempo Tigres falló un penal y erró alguna que otra jugada más. Querétaro no se levantó de la estocada propinada por López Mondragón y hasta les expulsaron a un jugador.

Aquella noche Tigres no ofreció su mejor actuación, pero no nos importó.

El equipo se metió a la final del fútbol mexicano tras ocho años de ausencia. 

¿Con un autogol? 

Con un autogol, sí. 

El fútbol volvió el 11 de diciembre del 2011.

Twitter: JaimeGarza94

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