Jugar bien / Escribir bien
fútbol

El día más triste del mundo

Dudo que existan palabras exactas para describir el sentir de Damián al entrar a la cancha. Eran las diez de la mañana, hacía un calor infernal. Sus ojos quedaron maravillados con el verde del pasto que parecía no tener fin, y en cierto momento se imaginó ahí, jugando. Siendo uno de esos pocos afortunados a los que les pagaban por patear una pelota. Patearla bien, claro, no como esos rayados que calentaban feo, y tocaban feo y jugaban feo. O quizás calentaban como el mejor de los atletas, empujaban la pelota con la brillantez necesaria para merecer una oportunidad en Europa y jugaban bien, mas él era tigre, y se sentía obligado a desprestigiar todo lo del vecino.

—¿Y qué tal?

—No quiero irme.

—No nos iremos, enano. Ya verás que ganaremos.

—Y aunque perdamos. No quiero irme. Prométemelo, papá.

—¿Qué cosa?

—Prométeme que aunque perdamos vamos a seguir viniendo.

A Gerardo se le agravó el nudo que tenía en la garganta. Lo cargaba desde antes de salir de casa. Lo sostuvo mientras conducía hasta el estadio. No podía no acordarse de Fernando. Desde aquél fatídico día, venía solo. Genaro renunció a todo lo que oliera a fútbol, Gerardo se aferró aún más a su incomprendida pasión. En parte porque las pasiones son así. Uno no puede botarlas aunque lo desee. En otra, y quizás con mayor peso, porque se sentía con el deber de no solo seguir alentando al equipo, sino hacerlo en memoria de Fernando. Si aquella bala lo hubiese alcanzado a él y no a su hermano, desde el cielo le mandaría las señales que considerara pertinentes para que Fernando no se perdiera de un solo partido. 

—Te lo prometo, hijo. Pero dejemos de pensar en fatalidades, que hoy ganamos.

Damián abrió los ojos en su máximo esplendor, no quería olvidarse de ningún detalle. Se aprendió de memoria varias porras, y sin embargo, la melodía que más le cautivó no tenía algo que ver con Tigres, aunque todos vibraron con ella en una suerte de ritual. Se trataba de We Will Rock You, de Queen, que catorce años antes hiciera explotar a dicho inmueble.

Luego de andar por aquí y por allá disfrutando la experiencia, Damián ocupó su lugar y estuvo varios minutos en silencio, contemplando esa portería que en el álbum de fotos conoció.

—¿Qué pasa enano?

—Era esa.

—¿Qué cosa?

—La portería de la foto. De tú, mi tío y el niño. ¿Quién era? ¿Lo conozco?

—No, campeón. No lo conociste.

No mintió. Si bien era Genaro el chico del retrato, ya no quedaba ni la sombra de aquél niño. Damián no lo conoció, y Gerardo se lamentó por eso. Se habrían llevado aún mejor si Genaro no hubiese cambiado tanto, pero era tarde. Tocaba prestar atención a otros detalles, como el partido. El arbitro puso el silbato en su boca y dio comienzo. Que sea lo que Dios quiera, dijo. Que Dios quiera lo que queremos, pensó.

El duelo comenzó con la intensidad esperada. Tigres se lanzaba al ataque de forma desarticulada, con muchas ganas y poca idea. Dudo en verdad que alguno de los ahí presentes se fijara en estos detalles. Seguro iban concentrados en el centro que llevaba nada, mas desde las gradas parecía enviado por Diego Armando Maradona. 

Monterrey fue el primero en medio acercarse con un balón lanzado a sabrá usted dónde, recibido de mala forma, o, dicho de manera positiva; interrumpido por la pierna de un amarillo que salió a sudar hasta la última gota. Después vino un tiro de esquina en favor de Tigres. Pretendían la portería que Damián y su padre tenían en frente, entonces pudieron apreciar de primera mano el centro conectado por un locatario, o por otro, el punto es que el intento se concretó. Todos se pusieron de pie y se llevaron las manos a la cabeza. Lo cierto era que aquello tenía poca pinta de gol, mas los nervios jugaban su partida. Entonces ocurrió…

Desde los ojos de Damián, el de la brocha le quedaba a mano derecha. El chico se armó un túnel e inyectó emoción a la jugada, obligando a todos a abandonar los asientos. Retrasó el balón en un pase mal ejecutado -o bien cortado- y cuando parecía que el peligro se perdía, un tigre cabeceó en sentido contrario, como desafiando a la razón, mas no le quedaba de otra. La pelota venía retrasada a una altura que confundía a cualquiera, y el gesto fue recibido por un colega. Amagó con que iba a disparar y adelantó el esférico. Estaba dentro del área, con ángulo suficiente para disparar o mandar un centro raso. Hizo ambas cosas y se encontró con el infortunio de un rival, que sin saber cómo ni con qué, convirtió aquello en gol. Damián gritó fuerte, también su padre. Genaro seguía el compromiso desde casa e hizo lo propio, y desde el cielo… desde el cielo Fernando aconsejó al rayado para que agujerara su propio arco. El estadio era un manicomio, pues Tigres estaba ganando… Tigres se estaba salvando.

Al lado de Damián había un muchacho y una muchacha. Menudita, ella. De piel blanca y cabello rizado. Se llamaba Florencia. Su acompañante, Antonio. El tipo era alto, moreno y robusto, hincha del América, pero amante del juego. Eso, o simplemente aprovechaba el pretexto para pasar un rato con su amiga, sabrá usted la razón.

Florencia era tigre. Lo dijo, aunque el jersey amarillo con garras azules y la banda en la cabeza se le adelantaron. Igual Damián ya lo sabía, también Gerardo. Se enteraron sin verla, porque cuando dijimos que estaban al lado de ellos, no fuimos tan exactos. En realidad había suficientes lugares en medio para que los gritos de la mujer no llegaran tan limpios a los oídos del niño, y sin embargo, llegaron. ¿Y cómo no?, si Florencia improvisaba palabras para expresar su descontento cada que algún amarillo ejecutaba mal un pase o malgastaba un tiro. Diseñaba oraciones completas para despotricar en contra del rival, que culpa no tenía de aprovechar la tibieza de los locales, mas a ella le dolía, claro. Como a todos.

Damián no entendía muchas cosas, y la ignorancia despertó en él cierto coraje. Le molestaba ver a su padre entretenido en los auriculares, dándole golpes a la radio mientras en la cancha… mientras en ese campito verde que hace no mucho le pareció sagrado y ahora detestaba de rara manera, Tigres se jugaba la vida. El niño brincaba y gritaba al doble; por él y por su padre… por otros tantos que estaban en la misma sintonía que Gerardo.

—¿A eso vinimos?

—¿Perdón? 

—Si querías escucharlo por la radio, mejor te hubieras quedado en casa.

Damián se cruzó de brazos y agachó la mirada. Gerardo tenía sus propias broncas, sabía que no era el lugar ni el momento para explicarle a su hijo que escuchaba la radio porque a la misma hora se disputaba el Morelia vs Veracruz, y de ganar Morelia -como estaba sucediendo- ni metiendo siete goles en lo que quedaba del partido lograrían salvarse.

—Perdón, hijo.

—Prometimos no abandonar.

—Y no lo haremos.

Tomó a Damián por el hombro y se olvidó del otro partido. Hizo un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en ese… en el suyo, y lo logró. Vibró con las pocas jugadas medianamente bien hilvanadas, y suspiró aliviado cuando algún rayado amenazaba con meter el tercero y le entregaba la pelota al único vestido de amarillo. Vaya a entender Dios si lo hacían por error o compasión.

Como si la pena fuera poca… como si no alcanzara con perder la categoría frente al acérrimo rival, estaba la textura de los goles con los cuales Monterrey le dio la vuelta al marcador. Primero con una volea exquisita de un tal Verdirame, después… después con un tiro que no me alcanza el vocabulario para describir. Ni las letras ni el alma, porque aquello condenó a un equipo que nació para todo, menos para descender.

Fue poco antes de que el partido culminara, cuando Gerardo y Damián conocieron a Antonio y a Florencia. Apenas intercambiaron unas cuantas palabras y ya se sentían familia, porque… claro. En ese Volcán que ni la peor nevada logra apagar, las cosas son así. Si quieren al mismo equipo, se quieren entre sí.

—Es su primera vez en el estadio —dice Gerardo, refiriéndose a Damián. El chico permanece callado, fuera de sí. No se le ve ni triste ni contento, su semblante es simplemente incomparable.

—Saldrá de ésta —responde Florencia.

—¿Y si no? —participa Antonio y ella le reclama con la mirada.

—Ese es mi miedo. Aunque en el fondo…

—Saldrá de ésta, yo sé lo que le digo —insiste Florencia.

—Y si no, igual tengo un consuelo, ¿saben? A mí no me quedó de otra. Mi viejo me hizo tigre antes que persona… ¿entienden? Dejar tu alegría en manos de sujetos que quizás jamás conocerás, es condenarte a una extraña frustración.

—Se llama pasión, y esa no se la enseñó ni su padre a usted, ni usted al niño. Es algo con lo que se nace, de pronto se hereda, mas nunca se niega. Por más que intentemos volvernos los cuerdos, en alguna tarde nos toparemos con un partido que logre engancharnos de nuevo. Entonces… entonces nos daremos cuenta de que no valió la pena tanto engaño. ¿Y sabe qué? Seremos felices. Felices y muy tigres.

Dudo que la charla haya sido tan fluida como acá la contamos, pero el mensaje es el mismo. Gerardo se sentía culpable porque creía haber castigado a su hijo, mas en el fondo entendía que de aquello no tenía culpa nadie, y que aunque entre arenas movedizas Damián empezó su camino, las alegrarías llegarían, y estarían juntos para vivirlas.

El arbitro silbó el final del partido, y el nudo en la garganta explotó sin ofrecer tregua. Lloró Damián y también Gerardo. Lloró Florencia y hasta Antonio, que ni tigre era. Lloraron todos, mientras Rayados festejaba con una extraña alegría. Estaban contentos, claro, por haberse llevado el clásico. Mas en el fondo no podían celebrar como imaginaron. Agitaron sus banderas durante varios minutos, y cuando algún ocurrente reprodujo aquella canción que invitaba al adiós, tigres y rayados se volvieron uno mismo, y se abrazaron. 

En cualquier otra disciplina, el gesto sería falso, me atrevo a asegurar. Sin embargo, hablamos de fútbol, y acá… acá a veces se nos da eso de la sinceridad. Al rayado le dolía la caída del vecino, porque en todo el fútbol mexicano no había otro que adorara tanto a sus desconocidos. Con mayor o menor aguante, igual de locos… ¡igual de adictos por su equipo! 

Y mientras todo esto ocurría, Gerardo y Damián unieron sus manos y voltearon al cielo. Prometieron volver más fuertes que nunca. Como hinchas y como equipo. En su juramento -como si de ellos dependiera- Tigres regresaba a Primera División y salía campeón. ¿Cuántas veces? Las que fueran necesarias. ¿Contra quién? Contra Rayados, alguno aseguró. Todo valía con tal de apaciguar el dolor. Y de pasar, estarían ahí: detrás de la portería. Ocupando los mismos asientos y alentando con la misma pasión. Sentían que Dios los había escuchado, por eso se atrevieron a sonreír en el día más triste del mundo. Salieron del estadio y caminaron hasta el estacionamiento. Ese fue su último recuerdo.

Se fue… se fue…, rezaba de fondo la melodía.

Mientras ruede la pelota: Libro

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