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fútbol

El Silvanazo

¿Cómo les explico que el gol que me confirmó como tigre no significó un triunfo de los míos? 

¿Qué digo un triunfo? Ni siquiera un empate. 

Vaya… el tanto ni siquiera lo marcó un jugador de Tigres, sino uno de los tuzos del Pachuca en una final contra mi equipo.

Invierno, 2001. 

No conozco más que las reglas básicas del juego: si el rival anota más goles que yo, pierdo. Si anoto más que el rival, gano. Si anotamos igual o no anotamos, empatamos.

Sé que el equipo al cual le voy se llama Tigres, y utiliza un uniforme de color amarillo. Sé que el hombre que nos entrena lleva un bigote y siempre tiene cara de enojado. 

Tuca, le dicen. Ferreti, se apellida.

Sé también que lo que se disputa es un trofeo grande que hace muchos años no ganamos, pero por alguna extraña razón somos favoritos aún y cuando perdimos el partido anterior. 

O al menos eso es lo que dice el señor de la radio.

Comienza el partido y Tigres juega muy bien. El portero de ellos es un hombre alto y pelón que oculta su calvicie bajo una gorra.

No me voy a olvidar nunca de ese hombre que parece haber nacido exclusivamente para hacer sufrir a mi equipo.

Tigres marca primero; yo grito como loco. Mi abuela y mi viejo, sin embargo, celebran con cautela.

Tardan, pero después de un rato me explican que Tigres necesita marcar otro gol para irnos al alargue.

—¿Qué es eso del alargue? —pregunto.

—Treinta minutos más para definir al ganador —contesta mi viejo.

No despega la vista del televisor.

—¿Y si no anota nadie?

—Nos vamos a penales.

Penales… eso sí que lo entiendo muy bien.

La pelota permanece estática justo en medio del área. El árbitro silba y tú tienes derecho a disparar sin que nadie se interponga en tu camino. El portero rival intentará adivinar, pero tú…

Es difícil explicar lo que ocurrió después.

Yo sabía que en el fútbol había goles bonitos y goles feos. Pero lo que acababa de suceder no tenía precedentes.

La pelota estaba botando; amenazaba por irse por la línea de banda, cuando un jugador contrario decidió disparar al arco.

Confieso que me reí.

No creí que hubiese posibilidad alguna de que aquello acabara en gol, pero pasó.

Nuestro portero estaba distraído, y para cuando acordó, tuvo que recoger el balón de entre las redes.

1-1, señalaba la pizarra. 1-3, perdíamos en el global.

Pocas noches tan tristes como aquella.

Recuerdo que el arbitro silbó el final del partido y a mí se me formó un nudo en la garganta.

Sentí mucho coraje.

¿Cómo pudimos perder así? 

Nosotros estábamos jugando mejor, pero fueron ellos los que se encontraron con el gol.

En eso escucho a mi viejo encender el carro. Camino hasta él; la abuela me sigue los pasos.

Acabamos los tres montados en el auto; escuchando el himno de Tigres.

Hasta antes de aquél momento, mis conocimientos sobre el juego eran bastante generales: Si el rival anota más goles que yo, pierdo. Si anoto más que el rival, gano. Si anotamos igual o no anotamos, empatamos.

Sé que el equipo al cual le voy se llama Tigres, y utiliza un uniforme de color amarillo. Sé que el hombre que nos entrena lleva un bigote y siempre tiene cara de enojado. 

Tuca, le dicen. Ferreti, se apellida.

Sé también que lo que perdimos aquella noche fue un trofeo que llevábamos años sin ganar y que merecíamos más… o al menos eso fue lo que dijo el señor de la radio.

Lo que aprendí, no obstante, modificó por completo todos esos conceptos.

Porque aquél gol me enseñó que el fútbol es más que victorias o derrotas. Que uno no le va a su equipo, sino que hasta cierto punto le pertenece.

Y el ser de tu equipo no necesariamente significa ser una mala persona. Puedes ser buen estudiante, buen hijo, buen hermano y buen amigo. Puedes ser buen empleado y buen jefe. Bueno padre y buen abuelo. Puedes ser todo eso y a la vez ser de tu equipo, porque el fútbol es una pasión que casi nunca resta y casi siempre suma… incluso en las derrotas.

Aquella noche Tigres perdió una final, pero ganó un hincha.

Descubrí que sería de Tigres sin importar escenarios.

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Twitter: JaimeGarza94

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