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fútbol

Visitantes en nuestra propia casa: Una historia sufrida en el Alfonso Lastras

El 9 de marzo del 2013 quedará marcado por siempre en mi memoria. 

Me desperté muy temprano, lo recuerdo bien. O mejor dicho: me levanté muy temprano, pues no dormí en toda la noche.

Le preparé el almuerzo a mi hijo y lo miré con atención. Él ni cuenta se dio. Estaba tan concentrado en su plato de cereal, que no hizo caso a mis angustias.

¿Y si no vamos?, pregunté para mis adentros, pero sabía que eso no era una opción. Debía comprobar su fortaleza como hincha. Debíamos ir esa tarde a la cancha.

—Hoy no será un día sencillo —le advertí.

—¿Por? —preguntó él sin voltearme a ver.

Traté de explicarle que el partido sería complicado. Le dije que Tigres venía muy bien, pero eso a él no le importó.

Por un lado me enorgullecí de su aguante, pues daba la impresión de que así aquello acabara en goleada, mi hijo seguiría arriba del barco. Pero por otro lado, la culpa me embargaba.

¿Estará preparado?

No. Por supuesto que no. Si yo, que tengo toda la vida alentando al equipo no estoy preparado para tal humillación, él menos. Seguro saldrá corriendo apenas entre al estadio. Seguro no querrá volver a saber nada de fútbol.

Se acercó la hora del partido; salimos más temprano de lo habitual. Mi hijo me pidió razones, pero yo no se las di. 

¿Cómo explicarle que debíamos llegar temprano porque seríamos visitantes en nuestra propia casa?

Llegamos al Alfonso Lastras y mi hijo no pronunció palabra alguna.

—Te dije que sería un día complicado… —le recordé—. Pero hey, levanta esa cara, que los nuestros no están ni mancos ni cojos. ¿Que ellos vienen de líderes? ¿Y qué? La pelota es redonda para ambos equipos y jugamos bajo las mismas reglas. ¿Te acuerdas lo que te conté que sucedió en el verano del 2006? En el último minuto Marcelo Guerrero marcó el gol del triunfo. 2-1 le ganamos al Atlas aquella noche, y no solo nos salvamos del descenso, sino que después lo echamos al Atlante en cuartos de final y luego al Toluca en semifinales. La final la perdimos ante Pachuca, sí, pero…

Se me vacío el alma cuando vi el rostro de mi hijo y me encontré con unos ojos iluminados y no tristes; sonrisa extendida y cantos al viento. Cuando me vio y sin hablar me dijo: perdón, pa. Pero yo soy de Tigres.

Dicen que uno como padre siempre quiere ver contentos a sus hijos. Yo le agregaría un: casi, detrás de ese: siempre. Porque desde el 9 de marzo del 2013, yo casi siempre quiero ver contento a mi hijo… menos cuando juegan sus Tigres. 

Me resulta inevitable no acordarme de aquél día en que esos regios no solo me invadieron la cancha y se llevaron los tres puntos, sino que también se quedaron con la pasión de mi hijo.

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