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fútbol

A veces ganan los malos

—¿A veces ganan los malos? —preguntó un niño a su padre en una fresca noche de octubre del 2009.

El hombre no supo qué responderle. 

Iban rumbo al quinceaños de una sobrina que vivía donde el viento no vuelve más. Él no quería ir. Se lo dijo a su mujer, mas ella insistió. Él le debía una, así que no le quedó más remedio que ponerse el único traje que tenía, subirse a la camioneta y tratar de escuchar el Tigres vs Cruz Azul por la radio.

—¿Qué me preguntaste, niño?

—Que si a veces ganan los malos.

—¿Qué clase de pregunta es esa? Claro que no. Los malos nunca ganan.

El niño agachó la cabeza y ocultó la mirada en sus zapatos recién lustrados. Se le veía triste, pero el hombre no se dio cuenta porque se seguía peleando con la señal de la radio.

—¿Qué pasa, hijo? —preguntó la madre.

—Entonces nunca vamos a ganar —respondió el chico.

Su padre volteó a verlo por el retrovisor. El niño sintió la gruesa mirada de su padre y alzó la vista.

—Somos malos, pa. Hay que aceptarlo.

¿Cómo le digo que no?, se preguntó aquél hombre. Si hemos hecho todo para caer a Segunda División… y al parecer ni para eso salimos buenos.

—Centro por la punta de la derecha… ¡pelota retrasada y gol de la máquina! —cantó el hombre de la radio, confirmando el fatalismo del padre y el hijo—. Pero el árbitro marca fuera de lugar… esto no cuenta —y el alma les volvió al cuerpo.

—Al parecer no, enano —agregó el padre—. Nunca ganaremos.

El tipo siguió conduciendo y la señal de a poco fue mejorando. Escucharon algunas jugadas peligrosas de Tigres y una que otra del Cruz Azul. 

Cuando el primer tiempo estaba por terminar…

—¡Roja para Lucas Lobos!

—Se acabó —dijo el padre.

—Se acabó —confirmó el hijo.

—¿Qué no falta todavía otro tiempo? —preguntó la madre, confundida.

Intentaba formar parte de ese mundo de dos en el que sus hombrecillos se metían cada que Tigres jugaba.

No le respondieron. 

Escucharon con amargura el final de la primera mitad y la segunda la escucharon esperando confirmar la teoría esa de que los malos nunca ganaban. Sin embargo…

—¡Gol de Tigres! —cantó el narrador.

Padre e hijo ahogaron unos cuantos segundos el festejo, porque eso no podía estar sucediendo. Tenían un menos. Lo más normal del mundo era que les metieran el primero y después el segundo. Que aquello terminara en tragedia y en una de esas se animaran a correrlo al Travieso Guzmán. Pero esa noche el mundo parecía girar en sentido contrario.

—¡Gol, enano! —gritó el padre y volteó a ver a su hijo por el retrovisor.

—¡Gol, papi! —completó el niño.

—¡Gol, mis amores! —se unió la madre y los tres sonrieron por primera vez en lo que iba de la noche.

Y menos de diez minutos más tarde…

—Itamar, Itamar, Itamar… ¡gol de Tigres!

Padre e hijo gritaron como si el tanto hubiese puesto fin a más de veinte años sin dar la vuelta olímpica. Como si el gol representara más que un simple triunfo en temporada regular. 

Porque era la jornada once del Apertura 2009, pero el duelo había despertado tantas emociones que parecía ser la final de vuelta del campeonato mexicano.

—¡Gol, enano! —cerró el padre.

—¡Gol, papi! —cerró el hijo.

—¡Ya ganamos, mis amores! —intervino la madre sin darse cuenta de lo que había hecho.

—¡Mi amor, no! —gritó el hombre, a modo de reclamo.

—¡Ma, ya la regaste! —agregó el hijo.

—¿Por qué? —preguntó la mujer, confundida—. ¿Qué hice?

Minutos después…

—¡Roja para la Gata Fernández!

—¡Te dije, corazón! —le recriminó el hombre a su mujer.

—¿Por qué lo hiciste, ma?

—¡Pero van ganando!

—¡Pero los triunfos no se cantan antes, querida! Aún falta media hora. Y si con un jugador menos era difícil mantener el marcador, con dos ya es casi imposible.

Tigres cerró aquél partido con solo ocho jugadores de campo y el portero. Todos defendiendo a capa y espada un resultado que creían imposible.

Llegaron al salón de fiestas y los tres se quedaron en el estacionamiento, sufriendo con los últimos minutos del encuentro.

El silbante agregó cinco minutos que la familia sufrió de mil maneras. La madre ya no solo estaba apoyando a su hijo y a su esposo, sino que lo vivió como una hincha más. No podría con la culpa en caso de que aquello acabara en empate.

¿Cuántos minutos faltan?, quiso preguntar ella, pero le daba miedo romper otra cábala.

Gritaban y luego se callaban. Se emocionaban y después se preocupaban. 

En la cancha, los aficionados cambiaron el canto por un silbido que indicaba al árbitro que el partido había culminado.

Echaron a un recoge balones y los nueve jugadores, todos concentrados en el área amarilla, defendían con sus vidas el resultado, hasta que…

—¡Se acabó! —avisó el narrador, y los tres se abrazaron y festejaron.

Padre e hijo voltearon a verse y se dijeron sin decirse: Sí. A veces ganan los malos.

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