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fútbol

Cuando el árbitro silbe

Cuando el árbitro silbe, me olvidaré de todo. No me acordaré más de las diferencias abismales entre alemanes y mexicanos y me olvidaré también de los fantasmas que nos atormentan. De esas tardes amargas en las que casi hacíamos historia pero siempre no… en las que casi se daba la hazaña pero siempre no.

Me convenceré de que Gignac es tan buen delantero centro como el de ellos, y de que Carlos Salcedo le echará una mano imponiendo residencia en los mano a mano.

Cerraré los ojos con fuerza y al abrirlos estaré convencido de que entre Nahuel Guzmán y el innombrable de su arquero solo existe una diferencia, y esa radica en el acta de nacimiento. 

Porque uno nació en Argentina y otro en Alemania. Y así como alguna vez los argentinos derrotaron en la final a los alemanes, pensaré que Nahuel Guzmán estará bendecido y emulará la gloria de sus paisanos en 1986; venganza en perjuicio del robo de Italia 90 y la frustración de Brasil 2014.

Cuando el árbitro silbe, me olvidaré de todo. Agitaré mis memorias para revivirme una, y cien y mil veces lo ocurrido el domingo ante los brasileños, y me aferraré a la hazaña.

Sé que es difícil y que roza en lo imposible. Que lo más natural del mundo es que el árbitro silbe y al poco tiempo nos marquen el primero. Que intentemos defendernos y antes de que logremos acomodarnos nos encajen el segundo o hasta el tercero, porque la diferencia entre un equipo y otro es abismal. Pero eso queda en el mundo real, y yo quiero olvidarme de ese mundo. Quiero soñar un ratito.

Por eso cerraré bien fuerte los ojos y llevaré mi mano al pecho. A un lado y luego al otro; después a los labios formando una cruz. Dejaré todo en manos del de arriba y esperaré una de esas cosas raras que a veces suceden en el fútbol. Cuando la pelota se acuerda de su verdadera función: equilibrar la balanza entre afortunados y desafortunados.

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