Jugar bien / Escribir bien
fútbol

Un sueño vuelto realidad

Es 2002. Curso segundo grado de primaria y el maestro en turno llega con un televisor cargado entre los brazos, cables gruesos e infinitos colgando de un lado a otro y un par de bolsas del supermercado con fritos, palomitas, dulces y refrescos de los grandes. Cuatro, lo recuerdo bien.

Nosotros gritamos de emoción sin entender muy bien a qué se debe tal amabilidad. Me acerco y le ayudo con los cables. Otros dos amigos se encargan de las bolsas y los más fuertes del salón ayudan a poner el televisor encima del escritorio.

Minutos después la TV está encendida, las luces apagadas, los bancos pegados a la pared y nosotros sentados justo en medio del aula, disfrutando de un partido de fútbol. México contra no me acuerdo quién, de no sé qué torneo.

Es 2006, y el escenario se repite. Con la diferencia, claro, de que ya estoy en sexto de primaria y no solo no me sorprendo cuando llega el maestro con el televisor entre los brazos, los cables enredados (ahora más cortos y delgados), las bolsas con fritos y todo eso, porque resulta que fuimos nosotros los que le imploramos que nos dejara ver el partido entre México y Portugal, correspondiente a la Copa del Mundo de Alemania 2006.

Si ver un partido de fútbol es siempre muy especial, verlo con amigos no tiene nombre… menos si el encuentro se da en horario de clases. 

Me gustaría que fuera Tigres, recuerdo haber pensado, y me burle de mí mismo porque lo estimaba imposible.

¿Cómo nos van a permitir ver un juego de Tigres en horario de clases?, pregunté para mis adentros, si nosotros no asistimos a la escuela en sábados, y los Tigres juegan los sábados de siete a nueve de la noche. O a otra hora cuando vamos de visitantes. O en domingo, incluso. O entre semana si se da el evento raro de clasificar, pero igual es en la noche, y de la escuela salimos a las dos de la tarde.

Tiempo después supe que había una chance de que Tigres jugara entre semana, en horario de clases. Pequeña. Diminuta. Casi inexistente pero chance al fin y al cabo.

Para ello debíamos salir campeones del torneo de Liga (o cuando menos llegar a la final). Después ganar un torneo contra los mejores de la zona.

Sé que muchos de los que ahora leen ésta pieza no solo ven viable el escenario, sino que hasta lo dan como obligación del club año tras año. 

Sin embargo, entonces era 2007 o 2008. La vuelta olímpica de Tigres se limitaba a ganar el clásico, intentar clasificar o cuando menos no caer a Segunda División.

Es 2021, y de no ser por la pandemia, yo sería ese profesor que llegara con el televisor entre los brazos, los cables enredados (aún más cortos y delgados), las bolsas con fritos y todo eso. Pero igual la ocasión no merma la felicidad y lo disfrutaremos a la distancia.

Vívanlo bien, muchachos. Gócenlo. Que Tigres tiene eso de cumplirnos ciertos sueños.

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