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fútbol

El recoge balones

En el mundo existen tres tipos de personas: los ricos que sufren como pobres, los pobres que gozan como ricos, y los de clase media que siempre tienen lo justo en la billetera. 

A estos últimos les alcanza para pagar los recibos y siempre llevan comida a casa. Pero los servicios que tienen no son los que ellos quieren, la comida les llena la barriga mas no les satisface el antojo, y la casa los protege de las lluvias y solo eso. No hay jardín para jugar con los chicos ni cuarto de tele para ver los partidos.

El protagonista de ésta historia es un ejemplo perfecto de los de ésta especie. 

Manuel se jubiló del banco a los cuarenta años, y desde entonces se la vive en casa regando las plantas de su mujer y lee el periódico sentado en el pórtico. 

De vez en cuando la esposa lo acompaña y lo ve con esa cara de: ¿hasta cuándo, Manuel?, pero él ni se inmuta. Porque los de la clase media tienen eso además. Se acostumbran a su eterno estado de insatisfacción. Dan por normal no haber vivido como quisieron y tampoco disfrutan de contar con lo esencial. 

No son como los pobres que gozan como ricos, porque no son pobres. Son peor que eso. Los pobres se conforman con poco, los de la clase media se conforman con su inconformidad. 

E inconforme anda éste sujeto cuando se encuentra con once pobres… pero pobres entre los pobres que gozan más que cualquier millonario.

—¡Pásanos la bolita, licenciado! 

El que grita es un tipo gordo que si uno lo ve por la espalda lo da por delgado, pero si lo contemplas de frente, como lo contempla Manuel, te encuentras con una barriga del tamaño de una sandia.

—¡La bolita, mi lic!

¿Lic?, se pregunta para sí. ¿Cómo sabe éste que soy licenciado? ¿Acaso es un ex compañero del banco?

Antes de que Manuel pueda responder, el arbitro que dirige el partido se lleva el silbato a la boca y da por finalizado el encuentro.

El gordo, que hasta hace unos segundos le pedía la pelota a Manuel con la mayor decencia del mundo, corre hasta él y le pega una trompada que lo tumba de espaldas y le rompe los lentes.

Los once del otro equipo saltan en su defensa y le hacen justicia. Manuel no entiende nada. O entiende poco. Ve a once sujetos defenderlo como si de su integridad física dependiera la salud de todas sus familias. 

Él se hace un poco para atrás sin ponerse de pie, y disfruta del espectáculo. 

Exageraría si les digo que Manuel se siente querido por esa bola de desconocidos, pero si ésta contento. O al menos emocionado. Porque nunca antes alguien se había peleado así por él. Nunca nadie lo había defendido. Y estos once caballeros no paran de defenderlo. Y tiran un golpe y luego dos patadas. Una patada y luego tres golpes. Se van al suelo y se levantan. Se levantan y vuelven a caer. 

El circuito se repite hasta que llega una ambulancia y todos corren. O casi todos. Solo queda Manuel tirado en el piso, con los lentes rotos y el traje sucio. La nariz partida en dos y el corazón emocionado por lo que sus ojos miopes acaban de contemplar.

—Gracias flaco —le dice uno de sus defensores antes de echarse a correr.

—¿Qué hice? —pregunta Manuel.

—Gracias por esconderla la pelota… ¡Gracias a ti somos campeones!

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