Jugar bien / Escribir bien
fútbol

La vez que celebré un gol del enemigo

Arranco esta pieza admitiendo que no tengo perdón. Que no existe motivo lo suficientemente grande como para que mi pecado halle consuelo. 

Porque puede que en el mundo real mi desfachatez sea vista como resultado de la presión social o como un buen gol por parte de la moral. Que al gritar el tanto no le fallé a los míos (que en ese momento tanto me habían fallado), sino que más bien me solidaricé con el enemigo. 

Pero uno no puede andar por la vida solidarizándose con otros y dándole la espalda a los propios. Por eso no tengo perdón.

La ocasión ocurrió en diciembre del 2009. Los de enfrente se las arreglaron para llegar a la final mientras nosotros no solo nos levantábamos a diario con la angustia de saber si nuestro equipo iba a descender o no, sino que, además, nuestra brillantísima directiva parecía tener como hobbie predilecto jugar con nuestros sentimientos. 

Un día corrían al técnico, y al otro lo refrendaban. Nos regalaban partidos deplorables y luego nos vetaban a nosotros por manifestarnos.

Los vecinos también sufrían una pena, sin embargo. Una más grande, si la medimos bajo perspectiva normal. Pero un impulso, si la contemplamos como los hinchas que somos. 

Un impulso no deseado, claro. Desastroso por donde lo queramos ver. Pero impulso al fin y al cabo.

Nuestra pena no dejaba de ser futbolística. Y en lo futbolístico (aún para nosotros, que no parecíamos dignos de un buen mañana), siempre hay revanchas. Para ellos no. Porque su pena tenía que ver con la muerte de un ex jugador. Y mira que me atrevo a mencionar lo de jugador antes que lo de ser humano, porque al ser humano jamás lo conocí. Pero sí conocí al jugador. Y como jugador sencillamente lo dejó todo.

El impulso que mencioné hace un rato, se vuelve tangible si mencionamos al hermano. Él debutó con los nuestros, cabe señalar. Y hasta besó el escudo tras marcar gol en un derbi. La vida dio mil vueltas, no obstante. Y para ese diciembre del 2009, defendía los colores del enemigo. 

Tenemos, entonces, a un hombre al que poquísimo tiempo antes se le murió el hermano. No tenía ni un mes de fallecido. O un mes y días. Y el tipo no solo se las arregló para jugar, sino que jugó bien. 

Marcó un gol en cuartos de final y dos más en semifinales. Esos no fueron los que grité, sin embargo. Sino que el que metió en la final de vuelta. Al minuto nueve con nueve segundos del segundo tiempo. Cuando la hinchada contraria le cantaba al hermano muerto y él demostró que de muerto tenía nada. Que su hermano seguía vivo, y que fue él quien lo ayudó a conectar de cabeza para marcar el 0-1 del partido… 3-5 en el global.

Aquella fue la vez que celebré un gol del enemigo. Lo celebré para mí mismo. Sin abrir los labios ni levantar los brazos. O los abrí pero fue para fingir una rabieta. Moví los brazos para emular un corte de manga, cuando por dentro… por dentro me dio gusto ese gol.

¿Perdón? 

No. No lo merezco.

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