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fútbol

Todos se fueron

Una tarde fui a la cancha y a la mañana siguiente el mundo entero conocía mi cara. El tipo que trabaja en la tienda de la esquina me saludó con una sonrisa extendida, los chicos que juegan a la pelota se dirigieron a mí con respeto… alguno de ellos hasta me pidió una foto.

El motivo es difícil de explicar… imposible de entender. Por alguna extraña razón les llamó la atención verme alentando desde las gradas; emocionándome como loco con el gol de mi equipo sin importar que el de en frente ya nos había metido siete. 

¿Y cómo no nos iban a meter siete?, si ellos entrenaban de lunes a viernes en campos de primer mundo, y nosotros… nosotros con dificultad nos completábamos para no perder por default. 

¿Cómo no me iba a emocionar con nuestro gol?, si no nací preparado para dañarle el marco a un equipo de Primera División. Porque nosotros somos de Tercera, es justo aclarar.

Cuando vi mi rostro en el televisor, no entendí muy bien de qué iba el asunto. Tuve que subirle al volumen y tallarme bien fuerte los ojos para comprenderlo todo.

Resulta que aquella tarde fui el único hincha en asistir a la cancha. En su momento ni me di cuenta ni no me di. Pasé por alto el vacío de las tribunas porque hacía mucho tiempo que las cosas marchaban así. 

No hay registro a color de los llenos que caracterizaron la década de los ochentas; cuando el equipo jugaba en Primera División, y, aunque no salía campeón, siempre daban alegría a la gente. Antes de que vendieran la plaza y con ello perdiéramos la categoría, la bandera y el escudo. 

Todos se fueron… menos yo.

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