Jugar bien / Escribir bien
fútbol

La sonrisa de papá

Pocas cosas tan difíciles de explicar como la sonrisa de papá el 7 de mayo de 1996. No sé muy bien si la claridad de mis recuerdos se debe a que ese día cumplí seis años de edad y la niña más bonita del mundo asistió a mi festejo, o si tuvo que ver más con los juegos inflables o con la alberca. O con ese partido entre los rojos de Malquerida y los verdes, en donde papá esbozó la citada sonrisa.

Se le veía contento, al viejo. ¿Y cómo no iba a estar contento?, si aquél día el equipo ganó tres goles contra cero, con dos tantos de Fortunato Domínguez y un autogol del Traidor González. Quien no solo se fue con el acérrimo rival a mitad de campaña (tras prometer ser del rojo toda la vida), sino que además advirtió que, en caso de anotar, festejaría como si nunca hubiese sido de los nuestros y siempre hubiese sido de ellos. Como si su corazón fuera verde, porque… claro. De ese color le llenaron la billetera. Ese fue el precio de su amnesia.

¿Cómo no iba a estar contento?, repito. Si el partido lo veía con mis tíos (sus hermanos) y con mis otros tíos (sus amigos). Bebían cerveza mientras mis tías (esposas de sus hermanos) y mis otras tías (esposas de sus amigos) platicaban de lo lindo bajo la sombra de un árbol. 

Estaba todo dado para que la sonrisa extendida durara para siempre, pero algo pasó. Porque en cuanto volteó a verme, sus labios seguían en forma de U, mas el gesto se le endureció. La mirada era esa de cuando el equipo va ganando y queda poco tiempo en el marcador. Pero la ventaja es de uno a cero, y el empate le conviene a ellos.

En aquél momento, sin embargo, yo no entendía nada de esto. Entonces me sentí culpable. Culpable no sabía por qué, mas sí de qué: de amargarle la fiesta a mi viejo. ¿Por qué? Ahora lo sé.

Porque mi hijo también está cumpliendo seis años de edad y a su festejo también vino su niña favorita. Hay inflables y alberca; están mis amigos y mis hermanos con sus respectivas esposas, y el equipo volvió a ganar tres goles contra cero. 

Sirve de poco, no obstante. Porque igual ya estamos eliminados. Y aunque yo ya estoy tan acostumbrado a estas alegrías chiquitas que hasta las celebro como campeonatos del mundo, el camino fue duro. 

Me costó entender que el equipo de mis amores no nació para cosas grandes. Que nuestras dichas serían precisamente esas: pegarle al líder en turno o ganar de último minuto a un cualquiera con aspiraciones ligeramente por encima de las nuestras. 

Yo ya estoy acostumbrado a esto, les digo, pero mi hijo no. Por eso se me daña la sonrisa al verlo gritando como loco… contento por el triunfo del equipo. Porque por un lado me emociona saber que tendré un coleguita de pasión. Pero por otro me duele haberlo condenado a la frustración de irle a un equipo perdedor. 

Su camino será tan duro como el mío. Por eso mi alegría se parece mucho a la de papá en mayo de 1996.

Comentarios

Close
Gracias por apoyar Rectangulo Verde