Jugar bien / Escribir bien
fútbol

El arbitro que quiso jugar

Como muchos de ustedes, empecé mi andar en el fútbol yendo a la cancha con mi viejo. Si bien desde muy temprana edad me di cuenta de que mi lugar jamás sería dentro de los veintidós protagonistas; como el delantero que marca el gol del triunfo, el diez que siempre es héroe, el volante que vuela por las bandas, el cinco que corta jugadas, el ocho que distribuye, el lateral que sube cuando se siente creativo o defiende para no correr riesgos, el central que barre limpio o sucio según su calidad se lo permita, o el portero cuya soledad dependerá del milagro de su atajada o el pecado de su fallo,  jamás imaginé que me las arreglaría para, de alguna manera, vivir del fútbol. 

Si es que a esto que sufro cada fin de semana se le puede llamar vida.

Soy árbitro desde hace más de diez años. Lo digo con el orgullo de alguien con el caparazón lo suficientemente duro como para dormir tranquilo después de una mala jornada. O una buena en el estricto sentido de lo reglamentario; mala para las pretensiones de algún equipo o jugador. 

No quise dedicarme a esto, evidentemente. ¿Quién en su sano juicio querría dedicarse a algo tan complicado? 

En cualquier profesión basta con hacer las cosas bien para que al menos no se te critique demasiado. Al árbitro se le criticará toda la vida. Si saca tarjetas sin respetar tiempos ni escenarios, te tachan de estricto. Si las guardas, te pegan por blando. Si marcas un penal al minuto 89 en perjuicio del locatario (que va ganando por la mínima y precisa del triunfo para avanzar a la siguiente ronda), te dan por vendido. Pero si te haces de la vista gorda, el visitante, con todo y que el resultado le es indiferente, te insultará a la madre. 

¿A quién le gusta que le falten al respeto a la mujer que nos dio la vida? A nadie, claro. Pero ojo, que eres árbitro y no puedes defenderte. Te toca aguantar y seguir con tu labor.

Tampoco me la doy de mártir, porque en mi país hay quienes ganan al mes una quinta parte de lo que yo gano por encuentro. 

Fui árbitro por descarte. Por no ser tan bueno como para volverme futbolista ni tan inteligente como para dedicarme a otra cosa. Y aunque en toda mi carrera he tenido mis altibajos, ninguno como el del sábado pasado.

Como cualquiera en la industria, soy hincha de un equipo. ¿Que si es difícil pitarles? Obvio. Y también es cierto que me la he dado de ciego cuando alguno de los míos la baja con la mano o se pasa de rudo. Que he dado un minuto de más cuando siento que podemos empatar o corto el tiempo cuando somos nosotros quienes guardamos la ventaja. 

Mas ninguna ocasión ha sido tan complicada, insisto, como la del sábado pasado, que me tocó ver a mi equipo descender.

No tengo palabras para describir lo que sentí cuando vi que a los míos les marcaban con tal facilidad… de tal forma que me la dejaban imposible. 

¿Cómo iba a marcar fuera de lugar?, si delante del delantero contrario había tres despistados que no supieron dejarlo en fuera. ¿Cómo no marcar penal?, si nuestro central casi dejaba sin pierna a su diez.

Tuve que inventarme algo. Cualquier cosa con tal de, desde mi trinchera, lograr lo que mis jugadores no podían hacer con la pelota en los pies. Y lo hice convirtiendo un empujón completamente lícito en una carga mal intencionada que castigué con roja.

No me importó más el trabajo. Sabía que me sancionarían… en una de esas me vetarían de por vida. Pero debía hacer algo, insisto. Debía salvar a mi equipo.

Era el minuto setenta, y lo perdíamos dos goles contra cero. El empate nos favorecía, pues soy hincha de un club grande, y a los grandes se nos ayuda para que no descendamos. Lo mío, visto desde tal escenario, no fue más que un número más en este circo llamado fútbol.

Nuestro nueve tomó la pelota y la intentó colocar en el punto penal. Digo intentó porque nunca pudo hacerlo. Las manos le temblaban; el esférico se le resbalaba entre las palmas que sudaban a mares, y no precisamente por los metros recorridos, sino por los nervios al saber que, de errar el disparo, mataría moralmente a los suyos… ¿qué digo a los suyos? ¡A los míos!, y los veinte minutos restantes serían de mero trámite.

Luego de los fallidos intentos me le acerqué al jugador y tomé la bola entre mis manos. Tal como lo oyen. Rivales y propios permanecieron en silencio; creyendo que marcaría algo, porque el árbitro solo toma el balón para marcar algo, mas en ese momento yo no era árbitro, sino un hincha más.

Puse el balón en el manchón de cal y volteé a ver al jugador. Sin abrir la boca le supliqué que convirtiera, y a Dios juré que, en caso de cumplirnos el capricho, me inventaría otra cosa sin importar qué tan bien o mal parado quedaría ante la Federación y ayudaría a los míos a anotar el del empate, y, ¿por qué no? Hasta un tercero que nos diera la victoria.

Elevé aún más mi ofrenda, prometiéndole al de arriba que, en caso de salvarnos, yo no pitaría más en Primera División. ¿Qué digo en Primera? Ni en Segunda ni en Tercera. ¡Me dedicaría a otra cosa si ese delantero centro acortaba la diferencia! Yo me encargaría del resto.

El tipo respiró una… dos… tres… mil veces. Cerró los ojos bien fuerte y emprendió la carrera más rápida de todos los tiempos. O al menos así fue para mí, que también cegué la mirada y tragué saliva. El balón…

Luego les cuento en qué acabó esto, que tengo que pitar un partido y por la noche encender el televisor par ver quién será el valiente que nos devuelva a Primera División.

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