Jugar bien / Escribir bien
Opinión

“Un no sé qué, que qué sé yo”

Las palabras han perdido impacto. Confieso que me aterra un poco lo que seremos dentro de 20 años al escuchar entrenadores que ahorita juegan para las inferiores, incluso aún sin debut. ¿Qué van a declarar? ¿Quién, a sus 19 años y con 10K en Instagram, está pensando en dirigir cuando tenga 38? ¿Qué frase se van a sacar de la chistera y será retuiteada por analistas de Twitter

En el 2020 hay una sola realidad: la información explota los dispositivos móviles y los medios necesitan producir contenidos para la afición, las palabras han perdido peso, impacto y sobre todo, credibilidad.

Y no, no está mal que el jugador termine de entrenar, se duche y antes de subirse al coche deportivo de reciente modelo, declare que “nota a sus compañeros con esa “suerte” de que arropa y guía a los futuros campeones”. Decir que se aspira a menos sería impensado, y si proclamara que el equipo luchará, pero les alcanzará solo para llegar a cuartos de final o cuando mucho, semifinales, sería recriminado. Ilógico que suceda eso.

Hoy es difícil que un entrenador declare y de esas palabras se acuerden a la posteridad. Hoy, hoy todo está marcado por una fecha de caducidad, como si se tratase de un perecedero el fútbol y filosofar sobre el juego.

Sobre esto, y sin la mínima intención de desviarme del tema, existe un momento único en el futbol, capaz de superar la prueba del tiempo y la nostalgia. Es un momento extra – ordinario, y, de hecho, tengo la ligera sospecha que no se presenta cotidianamente, que son pocos los que pueden vivirlo como si de una estrella fugaz habláramos. Es de esos momentos por los que vives y sales de casa 20 años a trabajar. ¿Sabes cómo la vas a recordar de viejo, en el patio trasero, vigilando que tus nietos no cometan una travesura mientras tu hija va y hace el súper?

Pasa que el martes a la tarde, cinco futbolistas recién duchados después de entrenar, declararon que “perciben que el grupo tiene algo que les indica que están para campeonar, que no hay vuelta atrás”. El tema es que son ocho equipos y solo uno levanta ese pedazo de fierro llamado trofeo.

Ese momento único existe, de eso acá no le queda duda a nadie. Hay vestidores que lo viven y saben de lo que intento escribir unas líneas. Cuando mucho, puedo acercarme en algunas características, pero aún y escribiendo todo un ensayo del tema, nos vamos a quedar cortos de lo que representa para la atmósfera del equipo. Y de cuando este se cumple, ya ni hablamos.

Por lo regular, viene después de alguna racha negativa. De alguna mala noticia, quizá la lesión fuerte de un emblema del equipo o momentos que marcaron el antes y después durante la temporada. Los equipos cierran filas y hasta el volado con los jueces les favorece. Si compran un cachito del gordo le pegan y se vuelven millonarios. La armonía es única, pero no termina siendo suficiente. Hay algo más, algo que pocos logran describir porque es como si se asemejara al aire, que, aunque no lo podemos ver, sabemos que está ahí, que existe. Los equipos que, semanas antes de la final, saben que salen campeones a final de mes.

Daniel Guerrero | @dga_futbol

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