Jugar bien / Escribir bien
fútbol

Sin querer queriendo

Pocas profesiones tan nobles como la del futbolista. Literalmente se la viven jugando, y sus problemas, en un país cuya gente poca o nula importancia le da a la pelota, no van más allá del gol errado en área chica, o del bailoteo de redes en meta propia, si el referido cometió la desfachatez de volverte portero, como lo hizo el protagonista de esta historia.

El pelado Farías nació en una isla que la hacía de punto medio entre un Estado apasionado por la redonda y uno beisbolero. Como resultado de tal coincidencia geográfica, los habitantes de esa zona decidieron divertirse con cualquier cosa que no tuviera nada que ver con el tachón ni con el bate. Y entre esas tantas cosas, estaban las apuestas.

El hombre del que hoy vengo a contarles, era campeón en la materia. Tenía paso perfecto en dados y gallos. Cartas y máquinas. Todo en lo que él depositaba su dinero acababa triplicado, por eso se le hizo fácil aceptar el disparate que le propusieron en la primavera de 1994.

—El equipito de fútbol no tiene portero.

Soltó el gordo que nunca ganaba nada. Que siempre quedaba en segundo lugar en duelos de uno vs uno contra Farías.

—¿De qué vas ahora, gordo? —preguntó el pelado.

—Éste sábado juegan contra los norteños —respondió el gordo—. Ellos sí que entrenan y le invierten. La cosa será sencilla, si es que te la das de muy bravo.

El hombre le propuso a Farías matricularse como portero. Él haría los trámites necesarios y lo aceptarían. La apuesta no quedaba ahí, sin embargo…

—Deben quedar cero a cero —advirtió el gordo—. Pondré en medio las escrituras de la casa de la abuela.

—¿De la abuela? —se alarmó el hermano del gordo. Ese estaba flaco como una pluma, y se la vivía siempre nervioso— ¿Estás demente? la abuela no tiene porque…

—Tranquilo flaco —interrumpió el gordo—. Este vendehumos no le va a entrar —culminó, retador.

—¿Y qué ganó yo? —preguntó Farías, sin pensarlo.

—¿Perdón? —respondió el gordo, incrédulo.

—¡Es una locura! —participó el flaco.

—Si ganas, te doy a ti la casa de la abuela y lo que me den por el triunfo, que es más o menos el doble, debido a las poquísimas posibilidades de que algo así suceda. Pero si pierdes, yo me quedo con tu casa.

Hubo en la mesa un incómodo silencio. Por primera vez en la vida, el pelado Farías dudó en entrarle o no a una apuesta. 

—¡Te dije, flaco! —soltó el gordo, triunfante—. Este fantoche…

—Arregla lo justo —interrumpió Farías—. Que mañana me convierto en héroe.

Las tribunas estaban repletas de gente, casi todos hinchas de los norteños. El pelado Farías se colocó los guantes y pensó en un discurso conmovedor para ganarse la credibilidad de sus compañeros. Pronto reparó, como era de esperarse, en que a los muchachos les tenía sin cuidado el resultado de esa noche.

No habían pasado ni cinco minutos cuando Farías arrojó su primer suspiro, fruto de una pelota que conectó en el poste y después salió por la línea de cal. A los diez el acto se repitió, a los quince una vez más. Acabó el primer tiempo sin grandes emociones. 

Al inicio de la segunda mitad, el delantero del equipo contrario quedó mano a mano contra Farías. Lo más natural del mundo era que le agujerara el marco y el muchacho perdiera la casa, pero por obra del de arriba el balón acabó en la humanidad del pelado y la cosa siguió cero a cero. 

Y cero a cero permaneció hasta el minuto 89. En eso el delantero de los norteños se lanzó un clavado digno de medalla olímpica, y el arbitro marcó penal.

En las gradas, el gordo y el flaco se sentían campeones del mundo. No había posibilidad alguna de que aquello no acabara en gol. El cobrador era ni más ni menos que el arquero de los norteños, quien, quizás por ocupar el mismo puesto y pensar como pensaban los porteros, tenía marca perfecta en los cobros desde el punto blanco. 

Emprendió carrera y miró a los ojos al pelado Farías, que no sabía ni dónde meter la cabeza. El arbitro silbó y el cobrador marchó tranquilo. Farías cerró los ojos y se lanzó a su izquierda, porque al momento del cobro estaba inclinado para ese lado. 

El estadio, que hasta entonces parecía un manicomio, acabó sumergido en un profundo silencio en cuanto el balón conectó en la palma de Farías. Este abrió los ojos, sin entender muy bien lo que acababa de ocurrir.

En las tribunas, el gordo y el flaco se querían morir. Pensaban en cómo iban a contarle a la abuela que se quedó sin casa, y en eso el pelado, ganador como era ya una costumbre para él, pateó el balón al cielo y corrió sin más hasta donde se encontraba su rival de apuesta. Quería echarle en cara el triunfo, mas en eso el silbato del arbitro lo distrajo.

Sus compañeros le cortaron los pasos, entre todos lo abrazaron. En las gradas, el gordo y el flaco festejaron como locos, mientras los jugadores del equipo contrario se aceptaron derrotados.

Resulta que, en el afán de festejar, Farías golpeó tan fuerte el balón que acabó incrustándose en las mallas de los norteños. Sin querer queriendo, el pelado se convirtió en el primer arquero de la isla en anotar un gol. 

Desde entonces, cuenta la leyenda, en esa zona no se habló de otra cosa que no fuera fútbol.

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