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fútbol

Gambeta a medias

Nací en febrero de 1986, en un pueblito colorido de la Argentina. Hijo de en medio de Jorge y Florencia… el más inquieto: el artista de la familia.

A los pocos meses de nacido, tropecé con el balón en mi primer intento por caminar. Papá y mamá corrieron a mi auxilio, mi hermano mayor me vio de lejos y soltó una carcajada. 

A como pude, alcé la mano a mis padres y les censuré la ayuda. Pararon en seco. Contemplaron, incrédulos, cómo ese niño de metro y cualquier cosa (capaz menos), corrió detrás de la pelota con una coordinación motriz digna de alguien de diez o doce años de edad, porque el balón provoca esa clase de cosas.

Desde entonces no dejé el fútbol, y mi lugar en la cancha siempre fue en medio. Mis labores, a ojo ignorante, resultaban sencillas. ¡Egoístas!, diría el envidioso. ¡Imposibles!, argumentaría el patas chuecas. ¡Divertidas!, agregaríamos los genios.

Yo debía armar el juego. Eludir rivales cerca del área, si Dios ayudaba. O por las bandas, en un partido complicado. Rara vez detrás de medio campo, aunque a veces tocaba partir de ahí. 

Mi buena gambeta y fino manejo de ambos perfiles me permitieron probar suerte en las mejores Ligas del mundo. Y aunque me fue más o menos bien por esos lares, la sonrisa genuina la hallé en México, vestido de amarillo con azul en un estadio viejo, sí. Pero bastante pasional.

El buen paso tuvo que ver con el cariño de la hinchada, claro. Con las tantas vueltas olímpicas que ahí di y los más de cien goles marcados en la agonía de mi carrera. Sin embargo, la razón principal fue una mujer de nevada cabellera y ojitos alegres. Que me reparaba el mundo cada que colocaba sus manos sobre las mías y que me quería como solo una madre puede querer a sus hijos.

A Florencia le perdí el rastro desde muy chico, luego de que se divorciara de papá y decidiera mudarse a México a empezar de cero.

Papá jamás me habló mal de ella. Crecí sin rencores a causa de, y al verla en el campo de entrenamiento me salió del alma secarle las lágrimas. Se disculpó mil veces conmigo, y yo la disculpé otras mil. Algún motivo hubo de tener, pensé. Decidí dejar el tema ahí. 

Disfruté de mamá durante los próximos cinco años de mi vida. Me acompañaba a todos los encuentros, se sumaba a los festejos. La prensa no tardó en identificarla… se volvió bastante famosa. Hoy, sin embargo, soy yo quien la acompaña a ella en su partido. 

Dios me mandó lo suficiente para gambetear a propios y a extraños en el rectángulo verde. Ahora estoy en un cuadro blanco que huele a tristeza y no tiene tribunas. Mi equipo… mi escudo, pongámoslo así, es una mujer que a pesar de la enfermedad se las arregla para sonreír. Me recuerda a mí en esos partidos complicados. Como el 0-2 en contra al minuto 85, que acabó en 3-2 con tres goles míos. O la final ganada sobre la hora con nueve jugadores. O todas esas hazañas que el fútbol hizo posible. 

Esto no es un juego, no obstante. El rival no es chiva ni rayado, y yo no soy titular. Ni siquiera soy tomado en cuenta para el duelo. Por eso una lagrima resbala sobre mi mejilla al saber que ésta gambeta la dejaré a medias, porque Dios me mandó muchas cosas, sí. Pero también es verdad que daría todo con tal de ver bien a mamá. Con tal de que su larga y honesta sonrisa contagiara a sus adentros, y que el eterno chillido significara la continuación de su vida, no el inicio de una nueva. En el cielo, de acuerdo. Bastante lejos de mí.

Duerme bien, mamita linda. Gracias por todo.

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