Jugar bien / Escribir bien
Opinión

Están, pero no

Las pautas del profe quedaron atrás. Lo entrenado, entrenado está y ahora sería complicado interiorizar una instrucción superior a 25 segundos porque la mirada y la cabeza están, pero a la vez no, ahí, en el túnel antes de zarpar a la cancha.

Los muchachos han abandonado el vestuario. Eventualmente uno o dos compañeros se han retrasado con la excusa de no encontrar algo en el bolso o no han terminado de alistarse, tiempo después comprendí que es una cuestión de cábala o costumbre, ser el último en salir… ¿Qué sería del fútbol sin cábalas? Ajedrez.

Pocas cosas me llaman poderosamente la atención como lo es la mirada centrada y penetrante del futbolista en los instantes previos a saltar a la cancha. No son los que bromeaban en el ascensor del hotel después de desayunar por la mañana, son otros, los cambiaron.

No puedo ocultar que extraño el ruido de los zapatos sobre el concreto, con cortitos recordatorios finales que bien pueden entrar en cualquier idea de juego: atención, intensidad, huevos, concentración y contundencia. El jugador se encamina al túnel final, es uno de los momentos en que lo vuelven al barrio por un instante, al potrero donde crecieron, a ese donde llegaban con el balón sin un par de gajos y esos amigos escoltándolo de los que prometieron jamás separarse, listos para la batalla de la tarde hasta que saliera victorioso el que lograra conquistar tras el grito de “gol gana”, o al que llamara mamá a ducharse, cenar y dormir, que había escuela al día siguiente. Fútbol en estado puro, en su esencia.

Toman de la hielera la segunda bolsita de Gatorade de la noche, escupen lo último que queda mientras se fajan. Se ajustan las espinilleras, se acomodan el cabello, sacuden su cuerpo y más de uno, recuerda que debe de saltar dos veces al pasar la línea o persignarse tras tocar el césped… la adrenalina está a full.

La música va reduciendo su volumen gradualmente, el sonido local va preparando lo que será el encause de su voz y la persuasión sobre el graderío con la noble y entrañable intención de alentar a la salida. Las edecanes se dirigen a la puerta abandonando la cancha, los fotógrafos aguardan sobre la cal y la barra continua en el incremento del tono y ritmo, ese que tanta sazón le da al futbol del continente americano, a excepción de Estados Unidos y Canadá donde todo es distinto, no mejor, no peor… distinto.

El jugador está, pero no. Observas a cualquiera y la mirada está clavada, anclada a algo que no logras descifrar. Es como si estuviésemos hablando de algo abstracto, cada uno podría sacar una interpretación y estaría en lo correcto; quizá es concentración, motivación, qué se yo… quieren salir y pelear, tocar la pelota. Es el momento en el que se sienten más futbolistas que nunca. No hay táctica, no hay excentricidades, no hay nada extra fútbol, se enfrentará el que gana doscientos contra el que gana treinta, y es probable que el segundo en una jugada engañe con su cuerpo y gambetee al primero, dejándolo atrás y asistiendo al nueve. Quieren salir y jugar, hacer futbol, atajar, recuperar, distribuir, encarar, asistir, anotar… festejar.

Tras la salida viene el protocolo. Hay que sacarse la foto grupal, la de los árbitros que nunca sale y la pequeña reunión final, a la que casi siempre, el capitán llega a mitad. La hinchada canta, la gente busca su asiento, el rico saluda a otro rico y conversa de golf sin saber siquiera quién va de puntero por izquierda. El sonido local menciona la alineación, los árbitros hacen como que sonríen porque una cámara los está grabando para todo el país y no pueden disimular una adrenalina que, si bien puede ser explicada desde un rostro serio, hacerlo así generaría dudas sobre una desconcentración o nerviosismo manifiesto, esto es un buen tema para los escritores de lenguaje corporal y cositas así. El utilero espera dentro de la cancha las pelotas que prestó para que el futbolista no pierda sensibilidad técnica y se mantenga activo. El DT se enfila a la banca visitante a saludar y abrazarse con el entrenador rival, algunos vienen y lo saludan, se han reencontrado después de ser dirigidos en otro equipo anteriormente. Esto último, es de las cosas más lindas que hay en el juego: los reencuentros.

Encarando el final de este texto, los dos o tres minutos previos a un partido son una representación con frecuencia semanal de lo que el jugador siempre buscó, algunos, los de barrio, inconscientemente desde cada partidito con amigos del sector, después en las fuerzas básicas con una mejor organización y protocolo, hasta que, por fin, logra mostrar sus habilidades en Primera División. El jugador, mejor dicho, la persona, se encuentra en su hábitat natural, está viviendo el sueño que tanto buscó y sufrió para llegar ahí.

El caradura del árbitro ajusta su cronómetro, lo inicia y comienza el juego. Es momento de hacer fútbol, de jugar con la pelota. Tratan de representar la idea del entrenador en la cancha, aunque de vez en cuando, con esa picardía y colmillo tan necesitado hoy en día ante un “orden táctico” en aumento, salen y resuelven partidos que hace algún tiempo cierto periodista bautizó como “tácticamente interesante”, por carecer de vértigo, de finalización a puerta, de emoción.

Daniel Guerrero | @dga_futbol

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