Jugar bien / Escribir bien
Opinión

Esa tarde soñé despierto

Tenía 7 años, recuerdo bien. Era 2001, Tigres recibía a Pachuca para el partido de vuelta de la final. Perdimos 1-3 en el global, y esa noche vi a mi equipo presumir el trofeo de segundo lugar. No pude, perdón, no sentirme poca cosa ante semejante escenario. Tenía su mérito llegar a la final, claro. Pero festejar una derrota era algo que no entendía. 13 años después, sin embargo, en un 5 de agosto como hoy, hice algo bastante similar.

Siempre he tenido una fascinación grande por el fútbol sudamericano. En ocasiones me convenzo de que está sobrevalorado, en otras intentó excusarme, y en tales disparates mi argumento favorito es la pasión. Hablo de esos individuos que viven y duermen al compás de sus colores. Asumo que aquello invita a los extremos, y claro que no los recomiendo. Mas no puedo, enserio… por más que intento no puedo no maravillarme ante esos sin nombre que se llaman todos igual cuando están colgados en los alambrados, entonando la melodía perfecta en el tono perfecto. Entonces pareciera que hablan en idioma común, donde no existen fronteras ni diferencias. El enemigo es el de enfrente, por supuesto. Hacia él van todos los reproches y malos deseos. Importa nada que entre ellos se encuentre tu hermano de sangre o tu amigo de vida, pues durante esos noventa y más, tu única familia son los colegas de playera. Ora de visita; ora de local. Silbando el árbitro, todo puede volver a la normalidad si así lo deseas.

Podría aprovechar el escenario y sacarme un discurso moralista de esos que tanto gustan hoy en día. Podría, mas no se me da la hipocresía. ¿Cómo juzgarlos?, si yo mismo me vivo el fútbol como algo más que un simple juego. Pienso siempre en la pelota y hablo de ella hasta en funerales. No es que sea un chiflado, pasa que en verdad no concibo una charla ajena al balón. ¿Es una locura? Sí. Como todas las pasiones.

Otro motivo por el cual no podría ser políticamente correcto, es porque la musa de ésta pieza parte de la indecencia. Hablamos del 5 de agosto de 2015, jueves por la tardecita. Tigres y River Plate disputaban una final continental que francamente no creía merecer. Y mira que no hablo del equipo, ellos claro que merecían salir campeones y dar la vuelta olímpica en el Monumental. Quien estaba de más, era yo. Porque el equipo que tenía frente a mis ojos, no era aquel al que le prometí amor eterno. Ese ya no existe más, aunque la camiseta sigue, y aquél día la defendieron guerreros como Nahuel Guzmán, Israel Jiménez, Juninho, José Rivas, Torres Nilo, Jurgen Damm, Cacha Arévalo, Guido Pizarro, Javier Aquino, Rafael Sobis, André-Pierre Gignac, Jesús Dueñas, Joffre Guerron y otros que, aunque no jugaron, desde la banca la aguantaron. 

Era un invasor, o así me sentía. Me veía mejor representado de lo que creía pertinente. Por mi mente pasaban las finales perdidas y las luchas por no descender. Héroes que dieron todo por la institución, mas el tiempo o el juego les permitió menos de lo que merecieron. Ellos debieron de estar ahí, disfrutando de la atención mundial. Yo no. A mí me bastaba con calificar y ganar el clásico. Si se podía llegar a semifinales y no perder de fea manera, ¡que bien! Si llegábamos a la final, ¡Dios santo! y si la ganábamos como la ganamos en 2011… si eso pasaba, mi techo se rompía y volvía a las estrellas. Soñaba y luego despertaba, porque a mí me dijeron que había decidido irle a un equipo chico. Sí, en verdad que sí. Por eso no me siento digno de esa final donde los locos ya mencionados dan alma a las gradas.

Esa tarde soñé despierto. Lo supe al llorar como niño cuando el árbitro se llevó el silbato a la boca e indicó el final del partido. Perdimos 3-0, mas algo en el ambiente me hizo sonreír. Sí. Fui poquito feliz el día en que no se tenía permitido ser feliz. ¿Cómo ser feliz si tu equipo perdió una final? Me jugaba en contra la misma pregunta que me hice 13 años atrás, y francamente no tenía respuesta. Solo sabía que quería estar en el Monumental, para abrazar a mis jugadores y agradecerles 30 vidas por las alegrías. No se logró el cometido, pero había en ellos algo que me ilusionaba. Era el mismo Tigres que creía extinto, mas ahora bien defendido. Esa tarde lloré de tristeza. 4 años después, con más del doble de estrellas en el corazón, lloro de emoción. 

Pieza dedicada al ‘’chico’’ con cosas de grande…

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