Jugar bien/Escribir bien
Copa Libertadores

Nuestra primera ida a la cancha

En mi casa el fútbol es cosa de locos, y lo digo en sentido literal, no como esos faltos de atención que exageran la pena ante una derrota pequeña y el gozo frente a un campeonato. 

Acá sabemos que no hay derrotas grandes ni pequeñas, que igual se sufre en la jornada 1 como en la última, cuando nos vemos cara a cara contra el segundo y se disputa la mayor de las sonrisas.

Es cosa de locos, decía, porque compartimos manicomio y no nos saludamos. Mi vieja a menudo se queja, pero tampoco es muy distinta cuando sus rojos se enfrentan a los míos y se olvida del parentesco. La pasión la traemos en la sangre, y sin embargo, somos incapaces de compartirla.

¿Por qué?

Muchas veces me he planteado esa pregunta, y siempre acabo enredado en el mismo laberinto. Donde hay muchas salidas pero todas están tapadas. Donde la terquedad la hace de guía y nos dejamos perder. Porque vale la pena estar ahí. Porque en el fondo sabemos que somos hijos del mismo mal.

Algunas cosas puedo reclamarle a la vida. El divorcio de mis padres antes de que les viera un abrazo en vivo, la extraña relación de amigos que cogieron hace poco tiempo ante la incredulidad de mi hermano y la mía, el escepticismo de mis amigos cuando les digo que esto es más que un simple juego, que la pelota baila y brinca y se esconde de los rivales porque tiene alma propia. Eso y más le echo en cara al barbas cada que puedo, pero hoy quiero agradecerle, pues ni en veinte vidas creí vivir lo que viviré el sábado 24.

El equipo de mi viejo se enfrentará al mío en una llave escrita por los cielos, bajo supervisión de Lucifer. El torneo más importante, la séptima de papá y la cuarta mía entrarán en debate a doble partido, primero en casa del viejo y luego en la mía. Donde lloraré de alegría si mi gallo gana. Donde querré morir si perdemos.

Sin embargo, la pirueta del destino no acaba ahí. Resulta que, por primera vez desde que tengo memoria, las canchas permitirán el acceso a hinchas visitantes. No me imagino a los de azul y oro cantándome en las barbas. Claro que seremos mayoría y acabaran opacados por nuestro aliento, pero igual estará. Poco, casi nada, pero sus porras le moverán las piernas a los propios en tierra ajena, y no sé como reaccionar.

-¿Ya supiste la bobada de nuestro presidente? -pregunta mi viejo sin mirarme a los ojos. 

-¿Por qué bobada? Es una final distinta, viejo. Se merece vivir sin ataduras -respondo convincente, aunque en el fondo pienso igual que él. 

-Por el fútbol sí. Por la seguridad no. No estamos preparados, loco. Ni en treinta vidas el derrotado aceptará la caída.

Entonces lo entendí todo. No era la seguridad lo que le preocupaba, tampoco la negligencia de nuestro mandamás. Lo que le asustaba, era la posibilidad de perder y presenciar de primera lágrima la derrota. En mi casa, que bien podría convertirse en su peor pesadilla.

-¿Lo vivimos juntos, viejo?

-En eso estoy de acuerdo con el gato. Esto se debe vivir sin ataduras.

Y así fue como mi viejo y yo pactamos nuestra primera ida a la cancha juntos.

…lo juro por Diego…

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