Jugar bien/Escribir bien
Opinión

Cierra los ojos, que yo te cuento

Sé lo que sientes. Conozco esa mirada confundida con la que coincidiste esta mañana al pararte frente al espejo. Entiendo, también, el temor desmedido que debate a muerte con la ilusión más grande. La de salir campeón ante el rival odiado. La de adueñarte de la chicana y portar una paternidad imposible de cortar. Porque como la primera no hay más. Porque ver caer al vecino mientras tú lo festejas todo, es el sueño de un hincha que algo entiende de rivalidad.

Sin embargo, el miedo es grande, y no es para menos. Mira que estar del otro lado de la fiesta es algo que se le desea a nadie, a menos, claro, que sean del otro bando. 

Cierra los ojos, imagina al juez llevándose el silbato a la boca, poniendo punto final a la pesadilla. Visualiza, en el momento, a tus jugadores echados en el césped, deseando haberse dedicado a otra cosa. Porque nadie te prepara para la derrota, menos para una de este estilo. Donde el orgullo cae abatido. Donde no hay vergüenza suficiente para mirar a los niños a los ojos y pedirles que no le pierdan el amor a la pecosa.

No puedo mentirte. Esto tiene su lado jodido y no podemos ocultarlo. Los días corren a luz de tortuga, y no sabes si festejar o llorar. Porque quieres que llegue el día. Porque no quieres que llegue. Y cuando llegue, te darás de bruces con la realidad. 

Pasa que estás acostumbrado a sustituir la ansiedad por adrenalina en cuanto corre la pelota, pero acá es distinto. Acá la ansiedad, el nervio y la adrenalina se fusionan y acompañan durante los 90, 180 o pocos más minutos que dure la batalla. Entonces te darás cuenta de lo que verdaderamente vale el fútbol, de cuánto peso tiene el orgullo en esta evolución de la guerra divina entre Abel y Caín, entre Jesús y Lucifer.

¡Que gane el mejor!

No faltará quien arroje esta mentira, mas en el fondo deseará, suplicará e implorará a cielos e infiernos porque el suyo sea el triunfador, importando nada si lo merece o no, si fue el mejor o no. 

Este partido se vive a muerte, pero advierto que después de, nada vuelve a ser igual. Para el ganador no habrá otra gloria que le ilusione, cada día será más difícil ser feliz. Porque lo que sientes al salir campeón frente al rival odiado, va más allá de cualquier felicidad. La vara acaba en las nubes, y no hay quien la alcance. Si pierdes, en cambio, puede que perezca tu amor por el juego, que nada quieras saber de la cancha y de esos colores que tantas alegrías y penas te dieron. Penas aguantables, no mortuorias como la que puedes vivir aquella noche.

Hasta aquí mi carta para el hincha de Boca o de River, escrita por un sobreviviente de una batalla similar, donde me tocó ser el que conoció de una felicidad imposible de igualar. 

…que la fuerza del Diego te acompañe, Bostero…

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