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Opinión

Cuando retas al destino

El día de ayer el equipo de Tigres sucumbió ante uno de estos fracasos tan característicos en los últimos tiempos. Muy distintos a los de antaño, donde consistían en hacer menos puntos que el vecino, o, incluso, caer a la Segunda División.

Se fue la oportunidad de competir por cosas importantes en un mundial de clubes. Tropiezo que comienza a hablarse de a tú con un club que le apuesta a todo, o al menos así debería de ser.

¿Qué pasa?

Resulta difícil entender como una directiva de primer nivel, con jugadores e infraestructura que caminan y sueñan entre las nubes de su mundo, son capaces de fallar en el último vals. Es como prepararle toda una orquesta a la chica más linda del barrio, y acabar conversando con el portero de la vecindad. Quien por más amable que sea, y por más aprecio que te tenga, va muy por debajo de lo pensado.

Tratar de hallarle sentido a tal rodeo, es un reto de locos. Sin embargo, algún intento haremos.

Cuando cayó el gol de Vargas que ponía a Tigres a un solo tanto de los penales y me escuché gritar con cierta melancolía y esperanza, me fue imposible no recordar viejos tiempos. Cuando el festejo pasaba más por la ilusión que por el juego.

Con el segundo de Toronto, y luego el empate de André, volví a inicios de los dos mil. Tigres le abría las puertas a la hazaña, sin importar que esta se diera en escenario aparentemente cómodo ante un rival bueno, pero de mediana Liga, en serie de Cuartos de un torneo donde lo mínimo es campeonar.

El penal de Gignac sirvió para cerrar con broche digno y rendirle tributo al Perfil Tigre. Término que muchos de la nueva era seguro desconocen.

Entonces me di cuenta de que las lágrimas derramadas ante River Plate, América y Pachuca, no fueron más que un karma de la diosa del fútbol que se empeña en recordarles su destino a todos esos locos de amarillo.

El equipo nació del pueblo y para el pueblo. Con mucha garra y hambre de éxito, mas nula vanidad ni ganas de colarse entre los grandes. O bien, colarse en competencia, no en reconocimiento, que pareciere ser lo más anhelado por el hincha incomparable.

Ayer Tigres quedó eliminado de un torneo que ya sentía en la bolsa, a pesar de haberlo ganado nunca. ¿Golpe de humildad? No sé. Pero estoy convencido de que detrás de todo esto hay un grito que implora el resurgimiento de la esencia, y la verdad lo veo poco mal. De hecho, hubo mucho de ella en la final ganada ante Pumas y en el gol de Dueñas el 25 de diciembre. Contra Monterrey, el sufrimiento fue distinto. Pasó más por el carácter del equipo y la negligencia del rival, que por otra cosa. Pero la memoria tiene patas cortas, y nos quedamos con ello.

En resumen, confieso que el partido de ayer me bajo de las nubes donde estaba sin saberlo. No me consideraba arrogante, pero si perdido en las artimañas del éxito, que sin ser mío, algún daño me hizo. Tigres jugó a lo Tigre, y perdió a lo Tigre. La justicia del taco y el balón selló la tragedia bajo amargo consejo… eso es lo que pasa cuando retas al destino.

Cuando todo está dicho, decir más, está de más.

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Abogado y profesor; autor del libro Más Allá de la razón. Fútbol y más.

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