Jugar bien/Escribir bien
Opinión

El otro Nahuel

Ésta noche, el conjunto felino medirá fuerzas contra el Santos Laguna. Partido predilecto para los amantes de las estadísticas y futuros autores de supremacías, pues han pasado más de cinco años desde la última vez que Tigres derrotó al vecino lagunero en duelo de Liga. Sin embargo, la pieza no va por ese lado.

En la década de los 90’s, el hoy nominado a ser quinto grande, no era más que una parodia que peloteaba y mendigaba puntos semana a semana. Tigres tenía garra, huevo y todo aquello con lo que nació, pero el juego cada vez precisaba más talento, más destreza, y en esa materia reprobaban casi siempre.

El desenlace fue inevitable. En 1996, el equipo cayó a segunda división. La diosa del fútbol quiso jugarles un último cañito, poniéndoles en frente -como invitados especiales al luto regional- al acérrimo rival. Es cierto que Morelia fue el menos malo de los dos. Para ese duelo, los felinos ya estaban muertos. Pero el lugar en primera fila bien costeaba la carrilla. ¿No creen?

Un descenso destroza a cualquiera. A River, Juventus, Independiente, Necaxa, a quién sea. Económica y estructuralmente hablando, la plaza halla suelo en el momento inmediato al último silbatazo. Todo se cae. Todo se destruye. La labor de mantener a unos cuantos sobre el barco, se convierte en misión cuasi imposible.

¿Cómo convencer a un jugador de que se muera contigo, si tiene la oportunidad de quedar vivo?, ¿por qué cometería tan bobo suicidio? No hay plata suficiente para que te ilusiones y veas campos llaneros como estadios de primera; viajes en autobús, y así sea durante una fracción de mentira veas nubes por la ventanilla y no a niños que cambiaron tu camiseta por la del rival, o, en el peor de los casos, perdieron el amor al juego por culpa tuya. Porque al morir, mataste a su equipo. Porque ya nada volverá a ser igual para esos chicos.

Como era de esperarse, muchos se fueron. Alguno llegó a argumentar que ‘’no era un jugador de segunda’’, y algo había de cierto en esas palabras. Sin embargo, en aquel tren no había puros cobardes. Algunos le entraron al crudo rodeo.

Robert Dante Siboldi, era un arquero de talla internacional. Sus atajas memoriales, y estilo sobrio de cuidar el marco, lo llevaron a vestir la camiseta de su natal Uruguay. Cuando el equipo descendió, lo daban por baja segura. Lo quería el América, Tecos y uno que otro equipo de nuestro balompié. Claro que Tigres intentó guardarlo, pero en el fondo pensaban que la batalla estaba perdida. Cuando pasó lo inimaginable.

Siboldi se quedó con la ‘’U’’ de Nuevo León. Juntos, de la mano de una nueva etapa futbolera en la que los jugadores poco a poco se convertirían en héroes de capa popular, volvieron al equipo a Primera División solo un año después. En el trance, aprovecharon para unir a una hinchada que, es justo decir, ya existía, ya alentaba en buenas, malas e irregulares, pero faltaba de unión. En Segunda, bajo el brazo de Siboldi, hallaron comunión.

Niños, jóvenes y adultos, coreaban al arquero que supo hacerse notar, muy a pesar de su modesta forma de trabajar. Para la nueva era de felinos, resultaría difícil imaginarse a un arquero tímido, más amigo de la seguridad que de la adrenalina. Pero ese era Robert Dante Siboldi Badiola. Quien cometió la desfachatez de quedarse con nosotros cuando nadie nos quería, y a cambio encontró un aplauso perpetuo en esta hinchada que grita, llora, reclama y exige, mas nunca abandona. Nunca olvida.

Hoy vienes como entrenador. Defiendes otros colores, pero eso poco importa. Seguro estoy de que al verte en el banquillo, al primer beso de tu botín con nuestro rectángulo verde, el Volcán estallará, y todos cantarán tu nombre como hace más de veinte años. Incluso los nuevos, que nacieron con copa bajo el abrazo, dejarán su garganta y todo aliento, porque saben de ídolos, saben reconocer a quienes dan la vida por el equipo. Como hoy la da Nahuel, como tu la diste en tiempos treinta veces más complejos. Para que me entiendan, les digo que éste uruguayo era otro Nahuel. Distinto, pero igual de cabrón.

Cuando todo está dicho, decir más, está de más.

Comentarios

Article written by:

Abogado y profesor; autor del libro Más Allá de la razón. Fútbol y más.

Banner
Close
Gracias por apoyar Rectangulo Verde